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Surgido del Caos
Para comprender la existencia de Gea, debemos remontarnos a los orígenes del mundo según los griegos. En el inicio, sólo estaba el Cosmos (Universo) y dentro de este el Caos, que equivaldría a un pequeño pliegue, una acumulación de materia en el infinito Cosmos.
Esa materia, en algún momento (recordad que aún no podemos referirnos a un tiempo, porque no existía) tomó consciencia de sí misma, y provocó una especie de estallido, un estornudo, un bostezo… como queramos llamarlo. De ahí surgieron otras cosas: “hijos” (si es que podemos considerarlos así) pero descendencia en cierto modo que formaba parte del Caos hasta que se separó de él, tomando consciencia propia.
Brotaron dos creaciones: Érebo (la oscuridad) y Nix (la noche). Estos “elementos” rápidamente se volvieron inseparables, y de su unión surgieron Hémera (el día) y Éter (la luz).
Pero el Caos engendró también a otras dos entidades fundamentales: Gea (la Tierra) y Tártaro, personificación de las cavernas, las profundidades, lo subterráneo.
Todas estas entidades son popularmente conocidas como las deidades o los principios primordiales. Esto se debe a que, a diferencia de los futuros dioses (tan similares a los humanos en ciertos aspectos), las deidades primordiales carecían de carácter, de sentimiento… todas ellas se esparcieron, surgieron del Caos y se fueron extendiendo, aguardando para crear algo más.
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Gea y sus primeros hijos
Sin tiempo, sin dioses, y por supuesto sin humanos. Por aquel entonces, el mundo estaba en silencio, en espera. Pero Gea cambió eso, cuando ella misma se arrancó a dos “hijos” del cuerpo, que hasta el momento formaban parte de ella, hasta que al separarlos cobraron conciencia propia.
Eran Ponto (el mar) y Urano (el cielo).
Por otro lado, Hémera y Éter procrearon, y de su unión nació Talasa, el equivalente femenino de Ponto.
Con más nacimientos de principios primordiales, las cosas iban avanzando, formándose poco a poco, aunque aquello ya establecido era aún muy escaso, todavía quedaba mucho por hacer.
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El cielo y la Tierra
Urano, el cielo, cubrió a la Tierra, a su madre, a Gea, en todos los sentidos. Y gracias a ambos, ocurrió un fenómeno asombroso: el nacimiento (al fin) del Tiempo. Y con él, las cosas fueron cobrando mayor sentido, carácter, personalidad…incluso drama. En definitiva: todo empezaba a tener un significado.
Alumbraron primeramente a doce hijos, sanos, fuertes y muy poderosos: seis varones: Océano, Hiperión, Ceo, Crío, Jápeto y Crono. Y seis hembras: Temis, Tea, Mnemósine, Tetis, Febe y Rea.
Los doce se convirtieron en la Segunda Generación de divinidades (aún no podemos llamarlos dioses).
Sin embargo, no contentos con estos hijos, Urano y Gea deseaban mayor número de descendencia, y los siguiente fueron unos trillizos fuertes, enormes y nada agraciados: los Cíclopes, seres gigantescos con un sólo ojo en el centro de su frente. Sus nombres eran: Brontes (el trueno), Estéropes (el relámpago), y finalmente Arges (el resplandor).
Y a ellos los siguieron otro grupo de trillizos aún más terrorífico y abominable, los conocidos como Hecatónquiros, del griego Ἑκατόγχειρες (hekaton, significa “cien”, y quiros “manos”). Estos seres inimaginables para nosotros eran muy poderosos y feroces, cada uno tenía cincuenta cabezas y cien manos. Se llamaban Giges, Coto y Briareo.
Gea, como Madre Tierra, amaba todas sus creaciones, y (aunque a su manera) quería a cualquiera de sus hijos por igual, sin importarle su aspecto y sus características. Pero a Urano no le ocurría lo mismo, y detestaba a estos últimos trillizos, le parecían criaturas feas, deformes y repugnantes. Por eso, en cuanto nacieron los empujó con odio al vientre de Gea, condenándolos a no ver la luz jamás, por ser tan horribles para la vista.
Cuando hablamos del vientre de la divinidad, debemos imaginarnos que los enterró bajo tierra, o los lanzó a un agujero.
Y a Gea, como es lógico, no le sentó nada bien esta actitud. La divinidad de la Tierra podía amar infinitamente, pero también era terriblemente vengativa, y el ultraje que había sufrido por parte de Urano no iba a quedar en el olvido, el cielo merecía un castigo.
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La venganza
Lo primero que hizo Gea fue fabricar un arma. Creó una hoz, una guadaña gigantesca con una hoja curva, en forma de media luna, perfectamente afilada y preparada.
Fue en busca de sus doce queridos hijos, preguntando uno a uno si querían ayudar a derrotar, o mejor dicho, destronar a Urano, y a cambio el poder de su padre sería de aquel o aquella que actuara.
A pesar de las palabras de Gea, sus hijos no parecían muy convencidos o entusiasmados con la idea de atacar a su padre, les infundía demasiado respeto. Todos menos el menor de los hermanos: Crono (o Cronos), que sorprendentemente no soportaba a su padre, y deseaba arrebatarle su poder y bajarle esos aires de superioridad.
Gea, encantada con la determinación y el arrojo de su pequeño, le ofreció la hoz, que este sostuvo ágilmente, y su madre le dio unas indicaciones: debía esperar a la noche, Urano bajaría a cubrirla, en ese momento debía atacar.
Y así se hizo, Crono permaneció oculto, a la espera, y cuando Urano llegaba ya, a punto de cubrir a Gea, el menor de los hijos salió de su escondite y lanzó la guadaña con fuerza, su hoja silbó en el aire, cortando los genitales de Urano de cuajo.
Mientras el cielo debía lanzar el más terrible de los gritos a causa del dolor, Crono atrapó los genitales de su padre al vuelo, victorioso, y a la vez asqueado, los lanzó lejos, hasta que estos cayeron al mar.
La venganza se había llevado a cabo, y así madre e hijo destronaron a Urano.
Autora
Escrito por Laura Cabrera Guerrero para la Edición #121 de Enciclopedia.NET, en 02/2023. Laura es estudiante avanzada en la carrera de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona. Aficionada a leer y escribir sobre la historia, el arte, la mitología, la música y la literatura.