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Historia/mito de Helios

Laura Cabrera Guerrero
Historia del Arte
En la cultura grecorromana, Helios es la personificación del sol. Un titán que tiende a confundirse con el dios Apolo, y sin embargo, no son la misma cosa, pues este será posterior, aunque en el fondo acaba por sustituir a Helios prácticamente del todo. La gran diferencia entre ambos se debe a que Helios no es un dios, sino un ser aún más poderoso y anterior a la generación de los Olímpicos. Se encarga de llevar el día, la luz solar, el ciclo diario, dando una vuelta completa a la tierra sobre su carro, tirado por caballos voladores. Arte por Masterlevsha.

La iconografía habitual para representar a Helios consiste en una corona de rayos sobre su cabeza (equivalente a los nimbos en los santos cristianos), montado en su carro o cuadriga y compartiendo unas características físicas similares a las que tendrá Apolo: siempre rubio, con largos cabellos dorados y tez pálida, rodeado de una aura dorada refulgente.

Hijo de Titanes

Helios es uno de los hijos de los titanes Hiperión y Tea, y hermano de Eos (personificación de la Aurora) y Selene (personificación de la Luna).

Cuando Zeus, el futuro rey de los dioses, alcanzó edad y fuerza suficiente para derrocar a su padre, se produjo una guerra que llevaba mucho tiempo gestándose: la Titanomaquia. Helios, en su condición de titán, evidentemente luchó junto a los de su especie, aunque la causa no lo afectara de manera directa.

Y como ya sabemos, su bando fue el perdedor, pero Zeus se dio cuenta rápidamente de lo necesario que era Helios para la Tierra, el Sol era vital.

Por ello, le ofreció vivir junto a él, sus hermanos y sus hijos en el Olimpo, la morada de los dioses.

El titán aceptó el trato, y vivió durante una temporada en el Monte Olimpo, aunque finalmente optó por trasladarse a la isla de Rodas, ya que los dioses no eran como él, y se sentía más a gusto en solitario que no rodeado de aquello que Helios consideraba divinidades menores.

Otra teoría apunta que cuando Zeus repartió la Tierra entre los dioses (sus hermanos), al encontrarse Helios en el cielo, no obtuvo nada de aquella división, por eso Zeus, para compensarle, le ofreció aquel terreno.

Dicha isla, Rodas, acabaría convirtiéndose en el lugar de culto a Helios más importante de toda Grecia, donde sería mayormente honrado y venerado el gran titán. Sus habitantes permanecerían siempre bajo la protección de la divinidad del sol.

Una ardua tarea

El trabajo de Helios requería constancia, pues cada día, precedido por su hermana, la titánide Eos (la Aurora), se montaba sobre su carro dorado y guiaba a sus caballos, cuatro en total, con nombres muy adecuados y relacionados con el sol: Flegonte (Ardiente), Pirois (Ígneo), Aetón (Resplandeciente) y Éoo (Amanecer). El titán realizaba un recorrido que no variaba jamás, era inalterable. Así día tras día, viajando por los cielos.

Cuando llegaba la hora del atardecer, Helios iba hasta el Océano, y se ocultaba en su palacio de oro.

Matrimonio, infidelidad, gran descendencia.

El Sol se casó con una oceánide llamada Perseide, y el matrimonio tuvo un total de cuatro hijos: Eetes, Perses, Pasífae y por último, la más conocida de todos ellos: la maga Circe.

Pero Helios fue infiel a su mujer en múltiples ocasiones y tuvo otros hijos fuera del matrimonio, entre ellos Faetón, protagonista de una trágica historia.

El mito de Helios y Faetón

Faetón se crió con su madre, la oceánide Climene. Cuando alcanzó una edad madura, deseó conocer a su padre, al gran Sol, por lo que se dirigió a su lugar de reposo, al palacio dorado tras el Océano.

Cuando llegó frente a su padre, debió mantener las distancias, pues la luz solar que irradiaba su progenitor era tal que incluso dolía y cegaba acercarse más a ese calor y luz deslumbrante.

Helios, encantado de ver a su joven hijo, le preguntó si deseaba algo de él, que nada le negaría.

Faetón, ilusionado, le suplicó llevar el su carro y sus caballos, sólo durante un día.

En cuanto escuchó estas palabras, Helios se arrepintió de sus promesas, y aseguró a Faetón que aquello que pedía era extremadamente peligroso, pues él, por mucho que fuera su hijo no tenía ni la fuerza, poder o edad suficiente para algo tan grandioso como llevar el carro del Sol, al fin y al cabo, su condición era de mortal.

Pero la ambición de Faetón era elevada, y quiso arriesgarse a pesar de las advertencias de Helios.

A su padre, desconsolado, no le quedó otra que entregarle la cuadriga. Al fin y al cabo, una promesa era una promesa.

Faetón subió al imponente carro, y vio cómo la Tierra se iba haciendo cada vez más pequeña mientras él se elevaba hacia el cielo, en una sensación de fascinación y terror a la vez.

Pero los corceles notaron algo extraño. Incluso el carro, como si tuviera vida propia, notó algo extraño.

El peso y el poder habitual que desprendía Helios brillaba por su ausencia, y sin él se rompía ese equilibrio.

La cuadriga empezó a tambalearse, a ir por un camino que no era el de siempre. Los caballos se encabritaron, agitados. El carro de oro ya oscilaba peligrosamente, y Faetón horrorizado, trató de manejar las riendas, sin éxito, hasta que en una sacudida más fuerte que las anteriores, el hijo del Sol se precipitó al vacío, muriendo en el acto. Su último pensamiento fue darse cuenta, demasiado tarde, de la razón que tuvo su padre al advertirle del peligro de aquella empresa, ojalá lo hubiera escuchado.

Helios lloró desconsolado la muerte de su hijo, y lo que sabemos seguro, es que aquel triste día no hubo sol en el cielo.

Portador de impactantes revelaciones

Helios, como personificación del Sol, veía todo lo que acontecía en la Tierra, su mirada abarcaba absolutamente cada rincón.

Fue Helios quien desveló a Deméter que Hades era el raptor de su hija Perséfone, y también fue Helios el que informó a Hefesto del adulterio entre su esposa, Afrodita, y Ares.

Las vacas sagradas del Sol

Como la mayoría de los dioses, el carácter de Helios era también muy fuerte y vengativo.

Cuando Ulises u Odiseo y sus hombres trataban de regresar a Ítaca, pasaron por unos grandes pastos donde comían y descansaban tranquilamente unas vacas. Pero estos no eran animales cualquiera, se trataba de las vacas sagradas del Sol.

Los hombres, muertos de hambre tras pasar tantas penurias, corrieron hacia estos animales, sin hacer caso a las advertencias de Ulises, que les gritaba que aquellas vacas no podían comerlas, pertenecían a Helios.

Ganó el hambre y se alimentaron hasta saciarse.

Cuando Helios descubrió lo ocurrido, enfureció y se presentó ante Zeus, exigiendo un castigo para aquellos mortales que habían osado comerse a sus vacas. Para añadir aún más dramatismo, Helios aseguró al rey de los dioses que si no movía un dedo por él se escondería por siempre y dejaría la tierra oscura, sin luz solar.

Temeroso por esta amenaza, Zeus lanzó sus rayos y fulminó a todos aquellos hombres que se habían alimentado de los animales del Sol.

Culto y celebraciones en su honor

Respecto de su culto, habría sido en la cultura prehelénica en donde más fuerza y presencia tuvo su adoración y se señala a la extensa isla griega de Rodas como el principal centro de su culto. Su celebración consistía en la realización de un impresionante rito que implicaba a un carro tirado por caballos, que luego era arrojado al mar desde un precipicio.

Además se celebraban torneos de gimnasia anuales a modo de homenaje de su figura.

La estatua El Coloso de Rodas lo representó y fue una de las siete maravillas del mundo antiguo antes de ser destrozada por un terremoto

Por otra parte, la famosa estatua Coloso de Rodas, que justamente era una enorme figura del dios Helios, fue realizada por el escultor griego Cares de Lindo, en la Isla de Rodas, en el año 292 A. C., en honor de éste.

Unos años después sufrió la destrucción por un terremoto, pero igual está considerada como una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Las siete maravillas del mundo antiguo fueron una serie de obras arquitectónicas y esculturas que los antiguos griegos elevaron al grado máximo de obras célebres dignas de ser honradas.

De muchas de ellas no han quedado lamentablemente evidencias físicas porque el tiempo y algunas catástrofes las terminaron destrozando, pero bueno quedan los registros de la tradición que han dado cuenta de su existencia y belleza. Justamente el Coloso fue objeto de una de estas calamidades y terminó destrozado a raíz de un terrible terremoto.

Junto al Coloso de Rodas integran el selecto grupo de siete: La pirámide Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso yel Faro de Alejandría.

Estaba hecha con placas de bronce y sobre un armazón de hierro. Cabe destacarse que, como se señaló al inicio, con el correr de los años, a Helios se lo asoció más con el dios Apolo, dios de la luz. Después de Zeus, Apolo, fue el dios más importante y venerado en la antigüedad clásica; disponía de muchas funciones y atributos y con esa luz que lo identifica protegía o amenazaba desde el cielo. Mientras tanto, su equivalente en la mitología romana era Sol Invictus.


Autora

Escrito por Laura Cabrera Guerrero para la Edición #11 de Enciclopedia Asigna, en 02/2014. Laura es estudiante avanzada en la carrera de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona. Aficionada a leer y escribir sobre la historia, el arte, la mitología, la música y la literatura.